Formas de violencia en el “movimiento de los paraguas” de Hong Kong

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Hablemos de la violencia. Violencia política, para más señas. El episodio histórico más notable en la historia de Hong Kong se remonta a 1967. Entre mayo y diciembre hubo huelgas, enfrentamientos armados, bombas caseras, incursión de una milicia china, 45 personas muertas y varios cientos de detenciones. Hong Kong era una colonia inglesa desde 1841-2 y gobernada con puño de hierro. Sin embargo, su incipiente industrialización atrajo a una mano de obra de aluvión procedente de China, parte de la cual rechazaba también el modelo de comunismo triunfante tras 1949. La revuelta de 1967 estaba inspirada por la Revolución Cultural y fue explícitamente respaldada por las autoridades chinas. En aquel contexto pudo interpretarse como anti-capitalista y anti-colonial.


El siguiente trauma se vivió a distancia: Tiananmen, 1989. Las protestas estudiantiles ocupando la principal plaza de Pekín se prolongaron unas siete semanas. En esta ocasión, las autoridades chinas decidieron disolverla con artillería pesada. No hay cifras oficiales del número de jóvenes fallecidos y detenidos, pero se estiman varios miles. Hong Kong y Taiwan fueron los destinos preferente de quienes pudieron huir de la oleada represiva. Más en concreto, desde entonces, cada 4 de junio se celebra en Hong Kong una masiva vigilia de conmemoración. A día de hoy, en China sigue vigente la prohibición de mencionar los sucesos de Tiananmen. El “movimiento del 4 de junio” apenas pretendía abrir unas ventanas de democracia y derechos humanos en paralelo al socialismo de Estado abrazado a las reformas capitalistas (privatizaciones y apertura a capital extranjero) iniciadas en 1978 por el “partido único” (el Partido Comunista Chino, PCCh).


El acuerdo entre la RPC (República Popular China) y el Reino Unido para transferir la soberanía de Hong Kong se había firmado en 1984. Incluía la confirmación de que el ejército chino tendría plaza en Hong Kong. El gobierno colonial ya estaba procediendo a depurar la endémica corrupción de sus fuerzas policiales. Con oscuras maniobras se negoció una cierta paz social con las mafias locales (“tríadas”). Todo quedó listo para el nuevo régimen iniciado el 1 de julio de 1997 bajo el modelo “un país, dos sistemas” y una mini-constitución (Basic Law) vigente por 50 años. Hong Kong se convertía así en una “Región Administrativa Especial de la RPC”. Más capitalismo y una democracia limitada donde los “sectores económicos” ostentan representación propia en la mitad del Parlamento. Sin embargo, hasta ahora, con más libertad de prensa e independencia judicial que en el resto de China. A eso se añaden dos rasgos anómalos: índices de criminalidad de los más bajos del mundo e índices de desigualdad económica de los más altos.


Septiembre de 2014. La globalización mediática permite visualizar las ocupaciones de espacios públicos protagonizadas por el “movimiento de los paraguas”. La primera demanda es conseguir el sufragio universal “con nominación cívica” de los candidatos que concurran a la presidencia y no por los tres con la venia previa de Pekín y de un comité de nominación formado por 1.200 miembros. Se supone que así se albergaría la posibilidad de no tener un gobierno títere a las órdenes de Pekín. Por ello están dispuestos a dejarse la piel en la calle. Es ahora o nunca. La crisis política más profunda desde 1997. En mi opinión, el movimiento pro-democracia pretende más autonomía para Hong Kong y blindar el “sistema” local frente a la apisonadora del régimen de China. El recuerdo de Tiananmen, las movilizaciones de 2003 opuestas al desarrollo de una legislación de “seguridad nacional” y las de 2012 frente a la reforma educativa para incluir una asignatura “patriótica” de “lavado de cerebros”, evidencian unos sólidos precedentes. Espontaneidad, pues, hasta cierto punto.


Como en el último movimiento, han vuelto a ser los estudiantes quienes han tomado la iniciativa. Son, de hecho, los más afectados por lo que pueda ocurrir después de 2047. Son también los que más incertidumbres económicas enfrentan en un mercado de trabajo precarizado y con una especulación financiera e inmobiliaria también sin parangón en el resto del mundo. Y de China les irrita no sólo su control social (“allí donde Facebook y Twitter no funcionan”) y su rampante e impune corrupción, sino también su continúa colonización de Hong Kong tanto en el plano político y mediático, como en el económico, con las élites empresariales siempre al lado del “partido único”. Occupy Central with Love and Peace (OCLP), lanzado por un grupo de académicos y por distintas organizaciones, también estudiantiles, llevaban más de un año preparándose para ocupar las calles varios días de forma pacífica y asumiendo las consecuencias penales. Después de una semana de la huelga de estudiantes, que comenzó el 22 de septiembre, se sumaron a la desobediencia civil.


Han pasado tres semanas de ocupación de tres zonas de la ciudad. En todas se han obstaculizado arterias principales del tráfico motorizado. En los últimos días la policía ha desmontado varias barricadas, devolviendo algunos carriles a la circulación de vehículos y ha vuelto a cargar contra los manifestantes con porras y lanzando gas pimienta a los ojos. Se repiten las escenas de la primera noche que fueron los detonantes de la indignación en una sociedad poco acostumbrada a este tipo de violencia política. Varias decenas de jóvenes han sido arrestados. Numerosos periodistas han sido objeto de las iras policiales. Algunas zonas se han vuelto a reocupar, incluso mediante convocatorias electrónicas de grupos que no se sienten representados por las organizaciones estudiantiles ni por OCLP. Muchas barricadas se han reforzado con más materiales que nunca. Los enfrentamientos cuerpo a cuerpo (con todas las mediaciones de objetos exhibidos por las distintas partes en disputa) y los insultos mutuos se han multiplicado, por lo que la tensión ha ido subiendo escalones. Las torpezas del gobierno en cada declaración oficial no han contribuido a enfriarla, ni mucho menos.


El pasado miércoles 15 de octubre una cadena local de televisión hizo pública una grabación en la que siete policías le daban patadas a un joven tendido en el suelo tras llevarle arrestado en volandas. El chico torturado es miembro de un partido del campo “pan-democrático” y dijo que las palizas continuaron en la furgoneta y en comisaría. Aunque las autoridades han anunciado que investigarán el caso y que ya han suspendido de servicio a los policías, se ha abierto una nueva brecha en la confianza social hacia instituciones que hasta hace poco se respetaban ampliamente. El desprestigio policial durante esta crisis ya se puso de manifiesto la semana anterior cuando cientos de militantes anti-occupy atacaron verbal y físicamente a los jóvenes ocupantes y destruían todo a su paso. Llevaron camiones y grúas para tal propósito y decenas de taxis, convocados por una entidad gremial, les apoyaban en la retaguardia. Otros grupos, casi al completo de mujeres, bloquearon varios días la distribución del periódico Apple Daily por su apoyo a los estudiantes en rebelión. A la policía se la acusó de connivencia con todos ellos pues les dejaron hacer y apenas practicaron detenciones. Estos brotes de “contra-movimiento” han continuado repitiéndose en los últimos días y se apunta directamente a los agentes secretos del PCCh junto a las mafias locales como instigadores de los mismos. Guerra sucia y política en la sombra que afloran como síntomas de lo que más se aborrece de China.


Después de la primera noche de cargas policiales parecía que el gobierno había dado instrucciones de tolerar los varios kilómetros de calles ocupadas y bloqueadas. Con el fin de restaurar su dañada imagen global decidió jugar la carta de amenazar con desalojos inmediatos pero sin apenas enviar dotaciones policiales. En esos días y noches acudían miles de personas de todas las edades, proliferaban los mensajes sociales y políticos en las paredes, había charlas y discursos seguidos con atención y paciencia, y se respiraba un insólito ambiente festivo de entusiasmo, creatividad y una eficiente auto-organización. La estrategia pacifista ganaba adeptos y una positiva cobertura mediática. Aunque algunos comercios próximos o los taxistas declararon sentirse damnificados, en general la vida continuaba normalmente en el resto de la ciudad.


La irrupción de los anti-occupy, pues, allanó el terreno para intervenciones policiales más contundentes. Dos tipos de violencia que han ido de la mano y a la par de las recurrentes líneas editoriales del People’s Daily, el órgano de expresión del PCCh. Este no ha dejado de acusar a los manifestantes de subversivos, desobedientes, infiltrados por intereses extranjeros y destructores de la prosperidad económica. Sus plumas a sueldo se olvidaron mencionar que las autoridades chinas han cancelado las visitas turísticas organizadas a Hong Kong, han censurado la circulación de noticias sobre las protestas y han arrestado a varias decenas de ciudadanos por divulgarlas. O que organizaciones de Estados Unidos, como el NDI (National Democratic Institute) ha financiado a la Hong Kong Federation of Women que preside honoríficamente la esposa del actual “chief executive” de Hong Kong, C.Y. Leung, y que se ha opuesto expresamente a OCLP con un reciente anuncio en la prensa. Los cyber-ataques a medios periodísticos críticos de Hong Kong no han dejado de sucederse e intensificarse en estas últimas semanas.

Debido a todas estas formas de violencia, es muy probable que mantener la lucha desarmada y a la intemperie tenga los días contados. Pero no cabe duda de que la vida política ha dado un gran salto adelante en cuanto a extender el debate público y rescatarlo del secuestro al que lo somete la política profesional y un régimen de democracia muy limitada y amenazada.




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Movimientos sociales a varias bandas y en perspectiva: a propósito de Hong Kong

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Es lunes y toca volver a clase. Llevamos dos semanas de movilizaciones. Una de huelga estudiantil y otra del llamado “movimiento de los paraguas”. Denominarlo “revolución” parece un poco excesivo. Ayer domingo retomaron las negociaciones la Federación de Estudiantes universitarios (HKFS) y el gobierno de la “Región Autónoma Especial” (SAR) de Hong Kong. Estaban congeladas desde el viernes debido a que grupos anti-occupy habían entrado en escena agrediendo a manifestantes e intentando desmantelar las ocupaciones gracias a la pasiva complicidad de la policía. A raíz de ello ayer, mientras paseaba por varios de los puntos neurálgicos del movimiento, pensaba en la cuestión de los múltiples actores involucrados en un movimiento social y en la necesaria contextualización que se requiere para entenderlos más allá de bucear en ellos etnográficamente como suele ser mi preferencia.

La versión más simplificadora consistiría en centrarse en dos actores: por lo general, una organización que lidera el movimiento y las autoridades estatales (en alguna de sus instancias municipales, regionales o nacionales, según el caso). Las últimas noticias al respecto de las negociaciones en Hong Kong indican bien esa polaridad. Sin embargo, enseguida cabe preguntarse, ¿qué ocurre con Scholarism (la otra organización fuerte en la enseñanza secundaria) y con OCLP (Occupy Central with Love and Peace) que llevan más de un año preparando el terreno de la “desobediencia civil” por la democracia? En concreto, OCLP anunció el último día de la huelga estudiantil que Occupy Central empezaba ese mismo domingo, lo que irritó a muchos al entenderlo como una rivalidad de protagonismos. En realidad, se han ocupado cuatro zonas de la ciudad (aunque la de Canton Road ha sido efímera) y ninguna en Central. En el presente caso no hay muchas divergencias entre esos grupos en cuanto a algunos objetivos inmediatos de la protesta (el sufragio universal con “nominación pública” de candidatos), pero ni hay un frente orgánico de grupos unidos ni los conflictos entre ellos por representar a todo el movimiento y a la ciudadanía en general se saldan de un plumazo. Algo semejante ocurrió tras el éxito de la movilización en 2003 que paralizó el intento del gobierno autónomo por desarrollar el artículo 23 de la mini-constitución (Basic Law) relativo a los delitos de alteración del orden público y la “seguridad nacional”. La exitosa coalición de organizaciones se fragmentó rápidamente. Eso sí, se llevó por delante a dos ministros y al presidente del gobierno, Tung Chee Hwa, que dimitió meses después sin aclarar cuánto fue empujado a ello por el movimiento.

¿Y en qué posición se encuentra el actual gobierno de C.Y. Leung? Evidentemente, muy debilitado, pero no está solo. Es decir que tiene al PCCh (Partido Comunista Chino) por detrás, no se sabe si respaldándole, si soplándole en la nuca lo que debe hacer o si preparándole la caída. C.Y. Leung fue elegido con 689 votos de los 1.200 miembros que componen el comité de nominación y, hasta ahora, también de selección del principal jefe ejecutivo de la SAR. Por eso hemos visto en las calles tantas veces el número 689 exigiéndole que cambie de trabajo. Desde que fue elegido no ha perdido el sambenito de ser un miembro del PCCh en la clandestinidad pues ni ese partido existe en Hong Kong ni, extrañamente, la Basic Law permite que el presidente esté afiliado a ningún partido político. La cuestión de fondo es cuán autónomo es el equipo de gobierno y la propia SAR. El PCCh no quiere perder su privilegio de refrendar en última instancia, lo que supone un veto en la práctica, al presidente electo. Y sus portavoces han dejado claro en multitud de ocasiones que debe ser alguien “que ame a Hong Kong y que ame a China”. Con ese lenguaje críptico que usan en el resto de su propaganda (piénsese en su retórica habitual en pos de la “sociedad en armonía” cuando todo el mundo sabe lo gangrenada que se halla por su corrupción galopante) simplemente amenazan: no aceptarán a un presidente que se oponga a las políticas e instrucciones emanadas del PCCh. Autonomía sí, pero hasta cierto punto.

¿Se opone el movimiento de los paraguas al PCCh? Sin duda, pero lo hace intentando derribar a quien considera su bufón en Hong Kong, C.Y. Leung. Esto significa, pues, que lo que está en juego en este conflicto no solo es conseguir la nominación cívica de candidatos a presidente y el sufragio universal para los residentes permanentes (poco se dice de los residentes no permanentes por menos de siete años, o de las trabajadoras domésticas extranjeras que ni siquiera tienen derecho a residir en una vivienda propia distinta a la de sus empleadores). Se pretende consolidar la autonomía de la SAR, desarrollarla y, sobre todo, erigirla como barrera de contención a las injerencias habituales del PCCh. En este sentido, muchas voces han recriminado estos días el mutismo del Reino Unido que, con Margaret Thatcher en la presidencia, firmó con Pekín la declaración conjunta de 1984 por la que se acordaba la transferencia de soberanía de su colonia a China en 1997 bajo el modelo “un país, dos sistemas”. El acuerdo se depositó en las Naciones Unidas y se supone que ambas partes siguen siendo responsables de su observación y seguimiento. Pero China a día de hoy está muy crecida y no deja de advertir al Reino Unido y al resto de la comunidad internacional que no permitirá que se inmiscuyan en sus “asuntos internos”.

Si volvemos a rebuscar en el baúl de los recuerdos es importante señalar que durante el período colonial (1841-1997), Hong Kong fue también un “territorio refugio” de quienes no hallaban acomodo en China o en países adyacentes. Con el triunfo del PCCh en 1949, a Hong Kong llegó un considerable flujo de inmigración anti-comunista por ideología o por poner a buen recaudo sus capitales móviles, puesto que los inmuebles les solían ser incautados. También consolidó en la colonia a numerosas congregaciones religiosas prohibidas en China y que hoy en día gestionan una gran parte del pastel educativo de Hong Kong. Uno de los tres líderes de OCLP es una figura religiosa destacada y en las ocupaciones de esta última semana he visto algunos muchos corrillos con simbología cristiana donde se rezaba y cantaba. Aunque el control político y económico seguía en manos de la metrópolis inglesa y sus élites, la reforma económica en China desde comienzo de 1980 azuzó el desarrollo industrial de Hong Kong que ya estaba en marcha como incipiente “trige asiático” y enclave neoliberal. Evidentemente, por entonces no había democracia ni en China ni en Hong Kong aunque, a su manera, las élites de cada lado adujeran que ejercían su singular modelo de democracia “popular” y “colonial”, respectivamente. Eso no impidió un nuevo flujo de inmigración a la colonia motivada, sobre todo, por el diferencial económico entre ambas zonas y los pocos kilómetros y obstáculos que se hallaban entre la primera “zona económica especial” creada por el PCCh en Shenzen y el paraíso colonial de la libre empresa en Hong Kong. De los más de 7 millones actuales de residentes en Hong Kong (y otros tantos como turistas cada año), una gran parte de su clase obrera procede de esos flujos migratorios actuales. ¿Estamos, pues, solo ante una típica revuelta estudiantil de clase media que reproduce los valores básicos de la democracia liberal que nunca han perturbado los negocios en Hong Kong? ¿Qué modelo de democracia quiere esa inmensa fuerza de trabajo atrapada en bajos salarios a ambos lados de la frontera? ¿Y están acaso bien representados por las organizaciones de estudiantes todas las personas que han tomado las calles y contribuido con su trabajo militante y su presencia a tensar las cuerdas de este frágil sistema político? Apostillemos también que la Basic Law tiene una vigencia de 50 años y que la generación más joven teme, ante todo, que después de 2047 les toque acatar “un solo país, un solo sistema” sin disfrutar de ventanas de oportunidad para la protesta como las actuales, absolutamente imposibles en la China actual y con el precio de enormes costes represivos.

Y me debo remitir también a Taiwan. El ascenso en el poder político y militar de China está fraguando nuevos conflictos internacionales a su alrededor (con Japón, Filipinas, etc.) y empeoran otras contiendas internas (en Xinjiang y Tibet, sobre todo, pero también protestas medioambientales y laborales). Sin embargo, es Taiwan el hueso duro que el PCCh no ha podido roer hasta hace poco. El último presidente electo en Taiwan, Ma Ying-jeou, ha exasperado a su población más independentista al tratar de estrechar vínculos con Pekín. La fórmula “un país, dos sistemas” es la que el PCCh le ha ofrecido a Taiwán para reintegrarse en la madre patria de nuevo, tras la barrera militar que los nacionalistas replegados, con el apoyo de Estados Unidos, erigieron entra la antigua isla de Formosa y el continente. Pero allí no se fían y no pierden detalle de lo que sucede en Hong Kong. Este último año, han sido también estudiantes quienes protagonizaron en Taiwán un movimiento social de oposición a su Ma y al PCCh usando el color amarillo y el símbolo del girasol como sus señas de identidad. De una manera audaz y pacífica fueron capaces de ocupar la sede parlamentaria durante 23 días y conseguir que se aprobase una legislación transparente para regular las relaciones entre Taiwan y China. Los estudiantes en Hong Kong han retomado el mismo color amarillo en su iconografía no menos que su ejemplo e intenciones de asaltar las máximas instituciones.

Por último, tanto en Taiwan como en Hong Kong hemos podido observar que estos movimientos pro-democracia o, como yo prefiero denominarlos, pro-autonomía han sido atacados por contra-movimientos en los que la mano oculta del PCCh se intuye como probable instigadora. En particular, al menos en dos de las ocupaciones de Hong Kong, Causeway Bay y Mong Kok, varias decenas de personas, algunas portando lazos azules “en defensa de la policía”, han causado varias decenas de personas heridas y se dedicaron a romper todo a su paso. Algunos vídeos divulgados por las redes sociales y declaraciones a la prensa han probado que varios de ellos tenían antecedentes criminales y que casi todos fueron remunerados para reventar las ocupaciones y su imagen pacifista. Efectivos policiales que estaban próximos les dejaron hacer y solo detuvieron a algunos de ellos poco después. La excusa era perfecta para que las ocupaciones se llenasen de presencia policial en las siguientes horas (algo reclamado como protección, también por la HKFS) y se levantasen algunas de las barricadas. El rector de mi universidad hizo público un comunicado inmediato llamando a todos los estudiantes a abandonar la movilización para evitar males mayores. C.Y. Leung también usó ese pretexto para exigir el abandono de las protestas. No lo han conseguido, por ahora, aunque uno de los flancos del movimiento ha sido dañado. En todo caso, no hay movimiento que no tenga que lidiar con algún tipo de contra-movimiento. En Hong Kong, de hecho, un profesor universitario lleva meses abanderando una campaña denominada “Minoría Silenciosa” (SM) cuyo único propósito es neutralizar a OCLP. En una de las manifestaciones que convocó SM varios medios de comunicación lo ridiculizaron al entrevistar a numerosos asistentes que declaraban no saber por qué estaban allí y que habían sido conducidos por agentes turísticos.

En conclusión, lo que quería demostrar es que nos ilumina poco acercarnos a los movimientos sociales tan solo considerando dos partes en litigio. Menos aun cuando es la policía la única cara y dientes que muestran los poderes públicos y los privados más ocultos a quienes defienden. La prensa, en sus distintas facetas e intereses, marca también una buena porción del terreno. Y una perspectiva de clase e histórica, como he sugerido de forma muy sumaria aquí, nos puede a ayudar a entender si estamos ante juegos no institucionales para un reemplazo de élites o ante demandas profundas de una mejor democracia con mayores dosis de igualdad económica.




Occupy Hong Kong y el 15M: ¿algo en común?

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El pasado domingo 27 de septiembre acudí, junto a decenas de miles de personas, a las inmediaciones de la sede del gobierno de Hong Kong. La semana de huelga estudiantil había culminado con un intento de ocupar la plaza más próxima a las dependencias oficiales que estaba vallada. Ese intento provocó la primera carga policial y detenciones. El ambiente estaba caldeado después de una semana de movilizaciones. Aunque mis estudiantes, en general, tenían una actitud ambivalente: acudían a las clases que consideraban más importantes u obligatorias y dedicaban algunas horas del día a sumarse a las concentraciones o asambleas. La mayoría de autoridades universitarias emitieron comunicados ambiguos en los que mostraban su apoyo al ejercicio libre de los derechos políticos de manifestación, pero aconsejaban que las actividades académicas siguieran su curso habitual. En la práctica, eso creó un ambiente favorable a la huelga y a los profesores nos otorgaba bastante flexibilidad para llegar a acuerdos con los estudiantes o, simplemente, hacer la vista gorda a sus ausencias. Se trata de una lucha por la Democracia en mayúsculas y es difícil no sentirse interpelado de alguna manera. En mi caso, impartiendo asignaturas de ciencia política actualmente, ya me había pasado el curso anterior debatiendo intensamente con ellos sobre estas materias y sospecho que los más comprometidos a menudo me vieron como un aliado en las presentes lides.

La reacción no se hizo esperar. Corrió como la pólvora la noticia de que la policía había usado gas pimienta, primero, y botes de humo lacrimógenos después, además de haber golpeado a los estudiantes en primera línea. Junto a la Federación de Estudiantes Universitarios (HKFS), el viernes se había sumado a la huelga el grupo Scholarism, activo en la enseñanza secundaria desde hace más de dos años, y también miembro de la coalición Occupy Central with Love and Peace (OCLP). Ese único día de huelga en centros educativos no universitarios había generado otra tormenta de debates y polémicas. ¿No son demasiado jóvenes para meterse en política? Me sorprendió la actitud de muchos directores escolares intentando coartar esa crucial educación política de los chavales con tales argumentos. Y más si tenemos en cuenta que hace tan sólo dos años fueron ellos, Scholarism y su cabeza más visible (Joshua Wong, 17 años de edad ahora), los que sacudieron a toda la sociedad con un extraordinario coraje enfrentándose al último envite lanzado desde Pekín: reformar el currículo escolar para introducir una nueva materia de educación nacional y patriótica. Tras meses de protestas y una impresionante oleada de apoyos de toda la comunidad escolar y buena parte de la población adulta, consiguieron que el gobierno archivase temporalmente la reforma. Típico ejemplo de movimiento social victorioso con una indiscutida organización formal llevando las riendas y con un objetivo concreto. Los vi en directo en septiembre de 2012, la primera vez que aterricé en esta ciudad-Estado y quedé maravillado. Un ejemplo fabuloso de gestión de recursos durante las concentraciones, de unión (vestidos de negro riguroso todos los asistentes a las concentraciones) y de emoción al ver lo bien preparados que estaban. En efecto, eran demasiado jóvenes y estaban suficientemente preparados.

De aquella primera visita recuerdo que estaba todavía vigente, en paralelo, un Occupy Hong Kong debajo del edificio del HSBC (uno de los principales bancos) en Central, diseñado por Norman Foster y compañía (o a la inversa). Era un grupo de unas treinta personas que llevaban bastantes meses allí instalados con sus tiendas de campaña y otros tinglados al estilo de los Occupy en otras ciudades del mundo. Sin embargo, nunca consiguieron tener repercusión más allá de ese mínimo reducto y poco después, tras resolverse los litigios legales al respecto, fueron desalojados. OCLP surge posteriormente en 2013 utilizando la misma etiqueta internacional de Occupy, pero como un intento más elaborado de forzar la ansiada democratización de Hong Kong o, al menos, de frenar las ansias de Pekín por tomar el control absoluto de los mandos de la nave. (Algo que casi ha logrado ya en Macau, la ciudad-casino por antonomasia, paraíso del blanqueo de dinero de dudosa procedencia, donde los focos de resistencia pro-democracia se han reducido a su mínima expresión). Durante más de un año OCLP ha sido objeto de una atención mediática sin precedentes. Para Pekín y sus acólitos se trata del mal. Estos días atrás el Partido Comunista Chino (PCC), a través de un editorial en el People´s Daily con muchas semejanzas al pronunciado días antes de la masacre de Tiananmen en 1989, ha vuelto a repetir su mantra: Occupy Central es ilegal, tiene intereses ocultos, está destruyendo los fundamentos de la sociedad de Hong Kong, amenaza la seguridad y la propiedad de la gente, etc. Llevan así más de un año y algunos de los personajes más ricos de la zona, como el gerifalte Li Ka-shing, les han bailado el agua y no han dejado de azuzar la hoguera. Les hubiera encantado ver fracasar a OCLP o que se hubieran inmolado en su sacrificial lucha por la democracia. Es curioso que los empresarios más ricos de Hong Kong y la federación de sindicatos (una de cuyas ramas, por cierto, se enfrentó en una larga e insólita huelga contra Li Ka-shing en 2013) estén habitualmente, al unísono, del lado de Pekín y del PCC. Alianzas interesadas, claro, por mantener sus sillones en la mitad “funcional” del Parlamento de Hong Kong, la que no es elegida por todos los residentes, y porque el capitalismo en China también se nutre de las inversiones de las grandes fortunas amasadas en Hong Kong. En fin, que OCLP amenazó desde su constitución con una sentada de no menos de 10.000 personas en el distrito financiero si no se garantizaba un sufragio universal pleno en las próximas elecciones de 2017, tras haber sido aplazado una y otra vez en las anteriores, por mucho que sea una promesa incluida en la mini-constitución local vigente desde 1997 (año de la transferencia de soberanía del Reino Unido a China). La verdad es que yo estaba encantado ante tal promesa, pero habiendo vivido con pasión el 15M en Madrid, me sabía a poco y pensé que sería uno más de estos actos de masas que tan bien resultan aquí pero que no les mutan las arrugas a los que llevan el timón. Hoy ya sabemos que OCLP ha sido desbordado por el ala estudiantil y, simplemente, se han subido a la ola de lo que ha sucedido desde el domingo.

La cuestión que desde las antípodas me están haciendo es evidente: ¿qué tiene esto en común con el 15M o, al menos, con las ocupaciones de las plazas en 2011? Voy a intentar ser conciso y poco académico. En primer lugar, se han ocupado calles de elevada circulación de vehículos, no plazas. Y no una, sino 4 hasta hoy (Mong Kok, Tsim Sha Tsui, Admiralty y Causeway Bay). Pero ocupaciones del espacio público, en definitiva. La auto-organización ha sido ejemplar, con pocas tensiones y con gran abundancia de provisiones, agua y equipos médicos a disposición de todos los asistentes. Una explosión de mensajes en las paredes, vallas, tendales improvisados y autobuses atrapados dentro de las barricadas. La multiplicación de conversaciones, la gente sentada y los paseantes curiosos, la sorpresa de la política cruda, en su básica expresión deliberativa, al alcance de cualquiera, los símbolos identificadores (paraguas, camisetas negras y lazos amarillos), la ausencia en general de banderas de partidos políticos (aunque los miembros del fragmentado “campo pan-democrático” se han sumado con entusiasmo), el afán de resistencia día y noche mientras el cuerpo aguante, los micrófonos abiertos y los aplausos fáciles ante los eslóganes fáciles. Concentrarse frente a edificios gubernamentales, pero también conquistar otros espacios urbanos, suspender las rutinas habituales y dejar paso a otro ritmo de vivir, caminar y estar en la ciudad. La autogestión de la seguridad interna, de los conflictos y de los residuos generados. La hibridación de los espacios físicos y electrónicos y la extenuación de quienes seguimos todas las fuentes posibles de noticias, en alerta continuada ante el nuevo evento que pueda ser determinante en la evolución de la revuelta. Dormir en la calle, salir del trabajo y unirse unas horas a los chicos y chicas que siguen ahí sin perder el aliento. La justificación de la desobediencia civil para reunirse y debatir en el espacio público sin solicitar los permisos pertinentes. Todo eso, sin duda, es homólogo a lo que viví en la Puerta del Sol. Una inmensa generosidad, la preocupación por los asuntos públicos, la politización de muchos que eran indiferentes y, como señalaba una de las noticias que leía hoy mismo, el nacimiento de un orden dentro del desorden que ha supuesto toda esta explosión de descontento y de esperanza a la vez. No se me ocurren momentos políticos de más radical belleza y me alegra mucho bucear en ellos, aunque mi participación aquí es mucho más limitada pues el idioma cantonés predomina sobre el inglés.

¿Y lo diferente? El contexto aquí no es de crisis económica tan brutal como el que hemos arrastrado en los últimos años en España. Hay pobreza, precariedad laboral, especulación inmobiliaria salvaje y una terrible desigualdad socioeconómica, pero el casi pleno empleo amortigua mucho las insatisfacciones en este rubro. Lo que sí se asemeja es la frustración ante la pérdida progresiva de derechos y libertades bajo la sombra represora y la censura implacable del PCC. O, lo que es lo mismo, se percibe una constante des-democratización y por eso también se demanda una “democracia real ya” en la que el sufragio universal se entiende como un primer paso imprescindible, lejos de ser la panacea que resuelva el resto de problemas. Aquí es más evidente el liderazgo y la persistencia de la gente más joven y diría, a trazo grueso, que es menos transversal en cuanto a clase social (son más de una clase media no muy tambaleada por las turbulencias económicas). La gestión policial en Hong Kong está siendo suave, a pesar del efecto llamada que tuvo la represión inicial. Apenas han estado presentes en las ocupaciones durante cinco días, aunque esta mañana han despejado una de ellas (Causeway Bay) sin mucha oposición, pues casi no se quedó gente a dormir y, por lo tanto, a defenderla. Y, por último, señalaría que la interacción directa y buscada con las autoridades en Hong Kong presenta una orientación mucho más institucional: anoche salió el presidente a manifestar que no dimitirá pero que está dispuesto a que su mano derecha, la Secretaria Ejecutiva, entable negociaciones con los líderes del movimiento. Esa intervención oportuna rebajó las tensiones y mueve ligeramente las fichas del tablero. Eso sí, nadie lo tiene fácil, es un escenario complicado y las élites dominantes están tan cohesionadas como estaban en España en 2011.

Subyace también en esta coyuntura movilizadora una euforia colectiva por preservar una imaginaria identidad de Hong Kong (siempre intentando distinguirse del resto de China continental) basada en su excepción como heredera de algunos legados coloniales que consideran positivos, entre los que se hallan derechos y garantías democráticas ausentes bajo el régimen del partido único. Y esta combinación de circunstancias hace que el pulso pueda prolongarse más de lo que podamos predecir comparando casos en apariencia semejantes.




Occupy Hong Kong y las contradicciones del neoliberalismo en China

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Son las 10 de la mañana en Hong Kong y 6 horas menos en Madrid. Cuando me levanté esta mañana, la ocupación seguía ahí. Casi la veo con claridad desde mi ventana. La del barrio de Mong Kok (en la parte continental, la de Kowloon) porque hay otras dos más activas en la “isla” que se queda con el nombre propio de Hong Kong. Una es en Admiralty, en los aledaños de las oficinas del Gobierno. Otra en Cause Way Bay, otro de los puntos de mayor congestión comercial. Siguen ahí las barricadas cortando el tráfico. Barricadas pero simples, con vallas y algo de mobiliario urbano. Algunas parecen haber sido señalizadas por la propia policía casi 500 metros antes del núcleo donde se concentra la gente. También veo la decena de autobuses que se quedaron estancados en la zona desde el domingo. Ahora ya son muros de democracia a cuyo exterior se han adherido mensajes de todo tipo. Las pancartas y los toldos sobre la avenida de Nathan Road y la gente sentada en la calzada durante estos cinco últimos días son una escena única en la ciudad. Esta es una de las arterias más transitadas. Insoportable a no ser que las masas y el hormigueo urbano te generen una adictiva curiosidad, como es mi caso. La polución ahí suele rondar el grado 8 de una escala del 1 al 10. Estos días ha bajado a 4 ó 5. Por fin puedo andar e ir en bicicleta sin la pelea habitual con el tráfico pesado. Las calles son nuestras, por ahora, y en este aspecto también me siento incluido en los problemas locales, no importa lo que sugiera mi condición de inmigrante.

¿Cómo empezó todo? Según la contabilidad oficial de la prensa sensacionalista, nos encontraríamos en el día 5 de la “revolución de los paraguas” pues son los botes de gas del domingo los que marcarían el calendario. En realidad, desde el lunes 22 de septiembre los estudiantes universitarios habían declarado un “boycott” a las clases y comenzaron a manifestarse en Admiralty. El viernes 26 se unieron los estudiantes de secundaria. El sábado hubo las primeras cargas policiales empleando sprays irritantes. De ahí el uso de los paraguas como protección que fueron elevados posteriormente al rango de símbolo de las protestas. Ese primer conflicto cuerpo a cuerpo desató una oleada de solidaridad que llenó las calles el domingo. Las cargas policiales y el empleo de gases lacrimógenos elevaron aún más el malestar y ahí se consolidaron ya las ocupaciones día y noche en las tres zonas mencionadas.

Casi nadie esperaba una violencia policial de esa naturaleza y menos aún contra estudiantes de edades entre 15 y 25 años en su gran mayoría. Sólo algunos recuerdan un enfrentamiento semejante con los sindicalistas surcorearnos que asistieron a las manifestaciones anti-globalización de 2005. Pero este mismo año, en la manifestación pro-democracia del 1 de julio para la que se estimó una asistencia en torno al medio millón de personas, apenas hubo roces. Las únicas quejas que recuerdo eran debidas a que nos pasábamos horas sin movernos del sitio porque la policía nos tenía acordonados y abría pasillos en el medio para que circulasen vehículos y viandantes ajenos a la protesta. El 4 de junio hubo otra concentración pro-democracia masiva, la vigilia que se repite anualmente en conmemoración de los caídos en Tiananmen en 1989.

Además, las movilizaciones pro-democracia tienen una larga historia en Hong Kong, pero, a la hora de entender los acontecimientos recientes, destaca la organización de Occupy Central (OC) que lleva más de un año con una fuerte presencia en la agenda mediática y política. Su amenaza consistía en paralizar la actividad del centro financiero (el barrio de Central) si no se garantizaba el sufragio universal pleno “de acuerdo a parámetros internacionales”. Este verano pasado convocaron un exitoso referendum electrónico al respecto que mantenía vivas sus esperanzas de influir en las decisiones del gobierno sobre esta materia, la llamada “reforma política”. Pero éstas se desvanecieron cuando el gobierno central de Pekín manifestó en agosto que el único sufragio universal será para elegir entre 2 ó 3 candidatos que seleccionará primero un comité especial, formado por 1.200 miembros, y que hasta ahora ha estado siempre escorado hacia los intereses pro-Pekín. Los líderes de OC ya daban por perdida la batalla aunque se declararon firmes en su intención de llevar adelante la sentada de protesta. Como los estudiantes se adelantaron a sus planes, en la madrugada del sábado al domingo pasado, OC dijo que su acción empezaba en ese mismo momento y unían su voz y llamamiento a la movilización que ya estaba en marcha y que liderada por la generación más joven, aunque conviene señalar que una de las organizaciones estudiantiles más prominentes, Scholarism, es también parte de la coalición que forma OC.

¿Cuáles son las demandas de la “revolución de los paraguas”? La más evidente es la del derecho al sufragio universal directo. La transferencia de la soberanía de Hong Kong a China en 1997 se realizó de acuerdo a una mini-constitución, o Basic Law, en la que se garantizaba un estatuto especial a la región y numerosas libertades y competencias que no están vigentes en el resto de China. Pero en el plano de la organización política quedaron muchos flecos sin cerrar. Uno de ellos es la promesa en uno de los artículos de avanzar hacia la instauración del sufragio universal. Como el gobierno central tiene poder de veto en la elección del presidente de Hong Kong, ha decidido que también tiene la autoridad de interpretar la Basic Law de acuerdo a sus intereses y por ello pretende imponer su modelo de sufragio universal entre candidatos previamente afines a Pekín. Esta mascarada está en el ojo del huracán actual. Pero es un síntoma de recelos más profundos. Como la Basic Law tiene una vigencia de 50 años, la sospecha principal es que se está preparando el terreno para una convergencia de mínimos con el régimen prevaleciente en el resto de China. Es decir, que cada vez se van a suprimir más libertades, derechos e instituciones democráticas. Y no faltan los indicios, como en los recientes ataques a la libertad de prensa o de cátedra, o en las manipulaciones históricas de los contenidos del currículo escolar, por ejemplo.

Por otro lado, siempre que observamos un movimiento social numeroso y complejo, cabe preguntarse cuántas múltiples motivaciones estarán de fondo. Esta ya es una cuestión más peliaguda pues requiere prestar atención a todos los discursos manifiestos (y, en mi caso, sólo tengo acceso a los que se pronuncian en, o me traducen al inglés) y entender el contexto general. A tenor de todo lo que leo en las calles, en la prensa y en las redes sociales, creo que se busca conseguir una democracia liberal al estilo occidental como barrera de contención al autoritarismo en China continental. Casi nadie habla de modificar el régimen económico capitalista dominante y menos su base logística, comercial y financiera que tan buenos réditos le ha dado a esta ciudad global desde su desindustrialización. Es una situación paradójica pues bajo el régimen colonial tampoco se disfrutó de una democracia plena. Pero la represión brutal en Tiananmen reforzó la oposición mayoritaria al autoritarismo capitalista del partido único y forjó la “identidad” singular de Hong Kong en la que se abrazan herencias coloniales como “el imperio de la ley” y la eficiencia administrativa. La corrupción, la censura y la represión en China también se consideran unas lacras de las que, actualmente, Hong Kong parece estar a más distancia.

Finalmente, no es casual que sea la gente joven la más movilizada. No sólo poseen más recursos y oportunidades para ello, sino que vivirán más años de su existencia bajo el régimen post-2047 que el resto de generaciones. Y no sólo están preocupados por sus libertades, sino también por su bienestar. Aunque el índice de desempleo ronda el 3%, el panorama no es muy halagüeño para más de un tercio de la sociedad que vive por debajo de la línea oficial de pobreza. Es un régimen neoliberal extremo de “workfare” donde hay muchos empleos disponibles, pero muchos están tan mal pagados y con tan pocos derechos, que salir a flote supone mucho optimismo y piruetas circenses. Entrar a la universidad es un privilegio para menos de una cuarta parte de los aspirantes, y las tasas no son baratas (unos 4.000 euros al año en las 8 universidades financiadas públicamente). El precio de la vivienda es el segundo más caro del mundo, por detrás de Nueva York, y las listas de espera para acceder a una vivienda social están saturadas desde hace décadas, por lo que son lacerantes los numerosos casos de hacinamiento e infravivienda. Entre las acusaciones principales de esa especulación inmobiliaria está el capital extranjero, y sobre todo chino, que invierte en las promociones locales como si de una casa de apuestas se tratara, provocando que los precios suban como la espuma. El blanqueo de dinero sucio procedente de la corrupción, entre otras fuentes de ilegalidad y al igual que ocurre con los casinos de la vecina Macau, ha mostrado con frecuencia, en complicidad con las grandes entidades bancarias, estar en el origen de esta trepidante actividad económica. Ante la ausencia de subsidios de desempleo o de pensiones públicas, el sistema obliga a cualquiera a endeudarse y a invertir. De hecho, los incontrolables fondos de pensiones privados que debe suscribir todo trabajador empleado, han sido alimentados con una legislación que cada vez es más cuestionada. Y, por si fuera poco, la ciudad-estado de Hong Kong goza de un extraordinario superávit financiero aunque sus gobiernos sucesivos sigan recomendando austeridad y prudencia, y regateando en prestaciones sociales. Podríamos añadir que aquí se alojan también muchas de las grandes fortunas del planeta, lo cual hace más insoportable la brecha y la polarización social, aunque la vida cotidiana parezca sumida en un abigarrada coexistencia pacífica. Y también que hay más de 300.000 empleadas domésticas extranjeras (indonesias y filipinas, sobre todo) sometidas a unas condiciones leoninas de explotación, abusos y cortapisas legales.

Debajo de la alfombra del lujo, el consumismo, el despilfarro y el crecimiento sin límites, hay una sociedad escindida que pugna por su dignidad y por autodeterminar su futuro. De acuerdo a la rica experiencia de luchas y movilizaciones anteriores, incluso con dos sorprendentes victorias en su haber (en 2003 cuando se opusieron a la legislación sobre “seguridad nacional” y en 2012 cuando, también los estudiantes y todo el sector educativo, consiguieron paralizar un plan para implementar la “educación patriótica”), es de predecir que hay un gran recorrido por delante. No sólo en las calles sino también en las instituciones, a pesar del modelo tan restringido que impera actualmente.

fuera de la ley

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Fotografía: Greg Girard e Ian Lambot

No hay nada como hurgar en las entrañas de una ciudad para encontrar singularidades y sorpresas alucinantes. Eso es (o fue, mejor) Kowloon Walled City. Una ciudad dentro de la ciudad. Una ciudad fuera de la ley. Un auténtico guetto que alojó, dicen, a unas 50.000 almas en sus galerías profundas. Quizá la construcción más compacta, densa y gigante del mundo en cuanto a chabolismo vertical. Su morfología mutó de una década a otra, pero las últimas de su existencia la llevaron a amenazar el resto del orden urbano a su alrededor. Las autoridades se propusieron eliminarla antes del “handover” (la devolución) de HK a la RPC en 1997, y lo consiguieron. Nació un parque más o menos convencional en su lugar, pero también un museo de los horrores que recuerda aquel hito único en la historia de la urbanización. Un capítulo imprescindible del que, sin embargo, no nos advirtió ninguno de los manuales de texto occidentales con los que estudiamos el auge y declive de las ciudades. ¿Pero constituyó, acaso, la peor distopía posible o sólo un precario ejemplo de autoconstrucción y autogobierno en los márgenes de la legalidad? Únicamente por desenmarañar esta cuestión merece la pena escarbar en su génesis y en su anomalía.

Kowloon Walled City no tuvo murallas hasta que llegaron los ingleses a la isla de HK en 1841. Hasta entonces era un simple emplazamiento militar cuya fundación se remonta más de 800 años atrás, a los tiempos de la dinastía Song que gobernó China entre 960 y 1279. La conquista británica de HK y su ratificación como motín colonial una vez que ganaron la llamada “guerra del opio” a China en 1842, desencadenaron los temores chinos con respecto a los territorios vecinos. Y no estaban muy desencaminados. En previsión de ulteriores conflictos, el único campamento militar que tenía en Kowloon la dinastía Qing comenzó a ser fortificado, levantando un cuartel (Yamen, con estructura tradicional a modo de templo) en su interior, finalizándose las obras de amurallamiento en 1847. Tras la segunda guerra del opio (1856-1860), Inglaterra consiguió anexionarse una buena parte de la península de Kowloon, quedando Kowloon Walled City como uno de los enclaves fronterizos. En una nueva operación diplomática y militar, en 1898 el imperio británico extendió sus posesiones al resto de Kowloon y los Nuevos Territorios con una sola excepción: Kowloon Walled City. China conservó la soberanía sobre ese recinto aislado en el medio del territorio bajo la batuta inglesa. Fue un acuerdo curioso que desembocaría en no pocos problemas para ambas partes. Soldados y una población de hasta 700 residentes en aquel año de 1898 tenían derecho a permanecer dentro de la fortaleza, “siempre que no interfiriesen con la defensa de HK”. Al año siguiente los ingleses interpretaron literalmente aquella cláusula e invadieron Kowloon Walled City, sospechando que en su interior se urdían ataques a su estrenada soberanía de este apéndice continental.

Así las cosas, Inglaterra reclamó su jurisdicción por la vía de los hechos, pero China no dio nunca su brazo a torcer sobre esa piedra en el zapato inglés y no reconoció ningún valor legal a la ocupación militar de facto. El limbo que se creó no convenció a ninguna de las partes que optaron, entre tanto, por abandonarla a su suerte. De este modo se fue despoblando a la vez que las edificaciones iban arruinándose, quedando casi como única pieza de reliquia el Yamen central. Además de una escuela y una casa, no restaban más elementos en 1940. La ocupación japonesa entre 1941 y 1945 se llevó por delante la muralla con el objetivo de utilizar la mampostería para ampliar las pistas del aeropuerto adyacente de Kai Tak. Derrotados y retirados los japoneses, China volvió a reclamar sus derechos sobre Kowloon Walled City y unos 2.000 “squatters” (okupas) se instalaron en la zona invocando la protección de China y dejando estupefactos a los ingleses. Estos intentaron desalojarlos en 1948, pero eran unos años convulsos, también con decenas de miles de “squatters” en la propia Inglaterra (ex-combatientes durante la 2ª Guerra Mundial), así que, tras los distrurbios que provocaron, desistieron y se inauguró una época de desentendimiento casi completo de esa pieza urbana. A China también le quedaba lejos y le interesaba poco inmiscuirse en ese asunto en el transcurso de la Guerra Fría. La población fue en aumento y la ciudad sin ley, desde entonces, empezó a ser “gobernada” (más bien, sólo “controlada”) por grupos criminales conocidos como las Tríadas.

Aunque la policía de HK hizo algunas incursiones puntuales en la “ciudad sin ley”, sólo en 1959 hubo un intento de recuperar judicialmente el control inglés sobre la zona. Pero la situación se les escapó rápidamente de las manos. El negocio del tráfico de drogas, la prostitución y los juegos de apuestas, por un lado, hacían muy atractivo aquel espacio para quienes vivían en la economía clandestina. Por otro lado, cada vez más población, sobre todo la que inmigraba de forma clandestina, encontraba refugio en aquella especie de “guetto oficial”, amparándose en un supuesto conflicto latente entre China e Inglaterra. En 1966 se izó la bandera comunista al calor de la Revolución Cultural en China continental y de nuevo las fuerzas armadas británicas intentaron allanar la ciudad sin ley con el simple propósito de eliminar aquel trapo tan simbólico. Nuevos enfrentamientos y nueva retirada. La barricada invisible seguía allí. La realidad es que la policía de HK, entre 1973 y 1983, actuó con aparente contundencia para acabar con el tráfico de drogas en Kowloon Walled City. Para entonces, las Tríadas ya tenían sus fuentes de sustento bien diversificadas y una población cautiva de varias decenas de miles. La connivencia con la policía, además, era vox populi. Todo negocio que se creaba dentro del muro invisible debía pagar su tarifa al gang de turno. Por lo demás, no había ningún otro impuesto ni control estatal sobre las actividades: dentistas, médicos, fabricantes de comida y de golosinas, talleres textiles, reparaciones de relojes y de electrodomésticos, restaurantes y cualquier oficio imaginable obtenía allí los precios más bajos de localización, abastecimiento y salario. La luz y el agua llegaban por conductos ilegales. La ventilación era un lujo muy mal repartido. Los sumideros se improvisaban de cualquier manera. Humedad, oscuridad, hacinamiento y depósito de residuos componían un paisaje dantesco. El resto de la ciudad miraba hacia otro lado. Relativamente, porque toda aquella producción barata atraía también a una amplia clientela externa a la que solo le importaba el precio de la mercancía. Sobre el resto, mejor no preguntar.

Cualquier construcción o negocio, por lo tanto, precisaba del permiso de las mafias. La prensa no pudo entrar nunca hasta los últimos años, una vez que ya estaba dictada la acción firme de la piqueta. Lo consiguieron dos fotógrafos entre 1987 y 1991 (Greg Girard and Ian Lambot ), un equipo alemán que filmó un estremecedor documental y otro japonés ya poco antes de la demolición. En esas imágenes se pueden apreciar las escuelas (ilegales, claro) en las azoteas de los edificios y los niños jugando entre las antenas de televisión. También a una misionera protestante que se mudó allí para desarrollar durante años un programa de rehabilitación de toxicómanos. La penumbra casi plena, los cables y tuberías apelmazados y colgando sobre las cabezas, ni un solo patio de luces, callejones raquíticos y sucios, las ratas campando a sus anchas, los cubículos sin ventilación donde moraban, según la estadística oficial de 1987, unas 33.000 personas. La superficie total del terreno ocupado apenas se extendía en un rectángulo de 210 por 120 metros. Quizá, la densidad más alta del mundo jamás registrada. Y las cifras probablemente infraestimaban a muchos más que habitaban ocasionalmente o circulaban por aquel laberinto. Lo más increíble eran las 10 y 14 plantas de pisos que se habían erigido por el procedimiento de la autoconstrucción, sin ninguna regulación estatal. Su apariencia externa era de solidez y prestancia. Todo abigarrado, modesto, improvisado, saturado, pero una manzana edificada que, probablemente, debía su equilibrio a las habilidades tradicionales de muchos albañiles sin nombre, de esos que no pasarán a los libros de historia. Sin cimientos, sin medidas de seguridad, sin las tuberías ni los materiales adecuados en la mayoría de los casos. Una provisionalidad que perduró durante décadas. Los únicos espacios públicos estaban en los tejados y en el antiguo cuartel-templo que sirvió como centro social. En 1963 se formó el primer comité de vecinos frente a un intento de desalojo y de ahí surgió una asociación vecinal. Las relaciones comunitarias, por necesidad y contacto físico, más allá de la supremacía de las Tríadas, eran muy estrechas. Además, el tránsito y el comercio con el resto de la ciudad no tenía ninguna restricción, aunque el muro seguía ahí, adherido al nombre y al estigma.

Después de tres décadas largas, el asentamiento no dejaba de crecer y tanto el Reino Unido como la RPC se pasaban entre sí la patata caliente. Las conversaciones diplomáticas que entablaron a partir de 1984 para considerar la abolición de la colonia incluyeron entre sus puntos un acuerdo básico: la demolición de Kowloon Walled City y la creación de un parque en lo que había sido su ubicación, conservando el Yemen y algunos otros restos arqueológicos. Los residentes y comerciantes fueron compensados económicamente o realojados a partir de 1987, aunque se expulsó por la fuerza a quienes no aceptaron las condiciones oficiales. En 1994 se dio por concluido el derribo e inmediatamente se inició la urbanización y configuración del parque. A su alrededor ya había medrado todo un barrio de torres en altura y abigarradas calles y mercadillos (Kowloon City) sobre cuyas cabezas surcaban constantemente los aviones del viejo aeropuerto. También los asentamientos informales adyacentes, hacia el norte, fueron transformándose, progresivamente, en un barrio popular y modesto, pero renovado, con un diseño bastante equilibrado y bien surtido de equipamientos (Lok Fu). Hoy en día, en el Yamen, que ha sido restaurado, se alberga una prolija exposición que rememora la existencia única de Kowloon Walled City, lo cual supone un valioso ejercicio de pedagogía urbana e histórica, sin ocultar toda aquella complejidad debajo de la alfombra.

refugios de la memoria

IMG_0478_bisFotografía: Miguel A. Martínez

 

 

Las pequeñas diferencias empiezan a cobrar sentido. Cheung Chau (la isla) es distinta de Cheung Sha (la magnífica playa de Lantau a la que van las vacas salvajes a tomar el sol) y ésta distinta de Cheung Sha Wan (la larga avenida que atraviesa el barrio popular de Sham Shui Po). A Cheung Chau se llega en Ferry desde Central (también hay otro que la conecta con Lantau). Tarda una media hora larga. Va lento, es un barco grande y con ventanas abiertas por las que corre la brisa marina. Mucho mejor que esa congelación obligatoria a la que nos someten donde hay aire acondicionado. Algunos jóvenes leen un libro. Es un milagro porque otros cientos sólo consultan el teléfono móvil. Muy rápido, eso sí. Incluso si van en pareja o en grupo, sobre todo, es un deporte muy animado. Amarramos en la costa occidental. En el paseo marítimo hay muchas bicicletas. Otra isla que veta a los coches, como Lamma -pícara satisfacción interior. Muchos restaurantes con pescado y marisco. En la costa oriental la playa está atestada. Es una isla pequeña pero aloja a unos 30.000 residentes. Los bañistas de fin de semana añaden unos cuantos miles más. El abigarramiento, en todo caso, se concentra en unas pocas calles y en la zona de baños. Es sorprendente, de nuevo, que los edificios no superen las tres alturas y que haya plazas públicas. Se respira un ambiente muy mediterráneo. No faltan los chiringuitos, las fritangas, las chanclas y las pamelas. Hablan en chino cantonés la mayoría, claro, pero eso es un detalle sin importancia. También abunda el pescado seco y en salmuera. Ese aperitivo, a mi parecer, resulta más genuino. A lo lejos veo los rascacielos. Pienso que ya no tengo vértigo. O no tanto. Me da igual una planta vigésimo tercera que una cuadragésimo quinta. Todo es un horizonte de luces de colores en las noches despejadas de verano. Una ciudad de mentira, una ciudad escaparate, o eso creía hasta que me voy olvidando de mirar hacia arriba, como casi todos los transeúntes. Me fijo en los juegos de los adolescentes y en los más querubines chapoteando en el agua. Ha anochecido y siguen en remojo. La vida a veces es simple y alérgica a los problemas de otros más o menos semejantes, los que se tropiezan contigo en el metro o a los que siempre eludirás de múltiples maneras. Las fricciones son siempre relativas.

Cheung Chau es un punto de encuentro bastante popular. Masivo también, pero no importa, es fácil encontrar lugares más despejados, esquinas sin tanto barullo. Bancos orientados al vacío, con miles de barquitos de pesca flotando en la oscuridad. Ahora comprendes por qué la gente se acostumbra a vivir en esta dura ciudad. Hay refugios, lenitivos, la esperanza del sábado, el dulce regalo de la vista que te conceden los cuerpos dorados al sol. Después, vuelta a embarcar y a mezclarse con la marea humana que regresa a casa. El ferry echa humo. Surca la bahía en calma. El entorno es como una autopista llena de tráfico marítimo, faros, grúas, los juegos luminosos en las fachadas de los edificios emblemáticos. No es poesía derrochar tanta luz, me repito para mis adentros. Es sólo propaganda, autobombo. Pero hace que a muchos locales se les caiga la baba de orgullo. Veo a gente cabeceando. Los menos pues las pantallas táctiles siguen haciendo estragos. Me acuerdo de que el octubre pasado, a estas mismas horas, colisionaron dos ferries en Lamma. Murieron 39 pasajeros, ocho niños entre ellos, y casi un centenar de heridos. El próximo 19 de agosto un juez dictará veredicto al respecto, pues el asunto todavía coleaba legalmente. Los cadáveres apenas se recordarán, sólo por sus familiares, amigos y allegados. Los veranos son así, los rostros tienden a la desmemoria, hay que evadirse. Leo un cuento en el que el protagonista es asesinado por una mafia china pero el autor sostiene que el finado quería morir, que lo supo unos segundos antes de que la bala penetrara en sus pulmones, que no había tomado precauciones y leía con desgana porque ya no había motivos para seguir. Yo, por si acaso, continúo interrogándome qué sentido tiene habitar en este exótico lugar, ahora que no tengo vértigo, o no tanto, y me fijo más en la suela de mis zapatos y sigo sin entender una palabra de las gracias que se hacen mis congéneres y les hacen la vida más ligera y llevadera.

1967

riots-5Foto: Kiki Picasso

 

Uno de los aspectos que más me preocupaba antes de venir a HK era la persecución del activismo político. China, es decir, los dirigentes de la República Popular de China (RPC), no se caracterizan precisamente por permitir que sus ciudadanos y ciudadanas manifiesten libremente sus malestares. Y por mucha autonomía que tenga HK desde 1997, la RPC tiene aquí destacado su ejército y una gran influencia sobre la elección del gobierno. Sus capacidades de controlar Internet y de encarcelar a disidentes están fuera de toda duda, como aflora en la prensa cada dos por tres. Así que lo primero que hice fue instalar programas para encriptar mi correo electrónico y evitar el rastreo de las páginas web que visito. En una misma jugada, me libraba también del espionaje comercial, o con otros intereses menos confesables, de Google y de otros imperios electrónicos, por no hablar de la CIA que sabemos que siempre está detrás de todas las bambalinas, y no sólo gracias a Assange y a Snowden.

De todos modos, seguía dudando en qué medida este contexto tan raro me iba a inhibir de mis inquietudes políticas. Es un contexto raro porque, por un lado, se basa en un consumismo desaforado y en un dominio descomunal de las élites empresariales (financieras y especuladoras, sobre todo). Por otro lado, la vuelta de HK a la “tierra madre” de China consiste en una transición por etapas: desde 1997 hasta 2047 persistirá el régimen autónomo “especial” de gobierno. Después, nadie lo sabe. A medida que avanza el sistema económico capitalista en China sin mucho atisbo de reformas en sus instituciones políticas autoritarias, la convergencia de HK y la RPC sigue siendo un misterio guardado bajo siete llaves. Además, en HK la clase obrera industrial se ha diluido, fragmentado y precarizado en una fuerte economía de servicios tanto locales como globales. No parece haber organizaciones populares sólidas y con ánimos muy transformadores. Y, sin embargo, algo se mueve. Ya he hablado de Occupy Central, pero es que basta echar un vistazo a las noticias y enseguida se encuentran constantes manifestaciones, recogidas de firmas, acampadas y otras formas de protesta que parecen haber normalizado este espacio de expresión política. Ahora bien, ¿por qué son como son? ¿Por qué reivindican unos temas y no otros? ¿Por qué lo hacen con ese repertorio y no con otro?

Una manera útil de comenzar a responder a esas preguntas es examinando la historia. Hasta el domingo pasado no había oído hablar nunca de los disturbios (“riots”) de 1967 hasta que leí en la portada del Sunday Morning Post una noticia donde aparecían juntos un antiguo inspector de policía y un activista de la época comentando brevemente los sucesos. También se ha presentado recientemente una película elaborada desde el punto de vista de los militantes de entonces (“1967 – A Look Back”) y, adoptando una perspectiva más convencional, se puede ver un documental de la Pearl TV al respecto. Para mi sorpresa, al visitar el Museo de Historia de la ciudad me llamó la atención que se cubrían explícitamente esos episodios. Es evidente, pues, que constituyen hitos que marcaron un antes y un después en la historia reciente de HK, aunque rara vez encontrarás referencias a los mismos en las guías turísticas. A fin de cuentas vivimos a base de mitologías y poca gente piensa que las libertades y derechos actuales son fruto de luchas anteriores. Por eso el campo de la política es tan fluctuante y sembrado de minas. Todo régimen de gobierno puede revertirse de forma súbita y todas las fuerzas acumuladas pueden deflagrar en las condiciones adecuadas. Por otra parte, cuando un museo de historia elabora un discurso público, lo más probable es que se enuncie en función de consensos reproducidos y modelados sutilmente a lo largo de los años, con la venia de la clase dirigentes. Lo interesante de cualquier investigación acerca de los hechos históricos es poner de relieve las contradicciones entre quienes elaboran discursos alternativos acerca de ellos. Pero la propia demarcación de los hechos, los distintos énfasis en sus rasgos relevantes y su repercusión en otras esferas sociales, ya levanta una controversia que suele enseñarnos más que cualquier enciclopedia. No voy a ir tan lejos ahora. Sólo me limitaré a un breve resumen de lo que significó 1967 y a plantear algunas hipótesis con las que pueda entender mejor los movimientos sociales actuales en HK.

Ante todo, si los disturbios de 1967 son tan señalados, es porque hubo muertos y una situación insurreccional que pudo dar al traste con el orden colonial de HK. La Revolución Cultural que estaba teniendo lugar en la RPC encontró numerosas organizaciones arraigadas en HK que querían estrechar vínculos con ella. En julio se produjo, incluso, la incursión de una “milicia” china que atacó unas dependencias policiales próximas a la frontera, muriendo en la refriega cinco policías de HK y uno de la milicia. En marzo habían estallado huelgas en varios sectores laborales: taxis, barcos, textil, cemento y la fabricación de flores artificiales. Era la época dorada de la industrialización en la colonia británica. Juguetes, relojes, plásticos y ropa, complementaban y superaban ya al motor económico del comercio internacional anterior. Masas de inmigrantes provenientes de China se habían instalado en HK. Las huelgas acabaron en enfrentamientos con la policía el 6 de mayo. Decenas de personas fueron detenidas y heridas en las manifestaciones de los días siguientes. Se registraron hasta 315 arrestos a finales del mes de mayo. Las autoridades decretaron toques de queda y amenazaban con disparar a quien saliera a la calle por la noche. Después del ataque miliciano de julio se convocó, al parecer sin éxito, una huelga general. Continuaron las detenciones masivas, el cierre de periódicos y de colegios vinculados, supuestamente, con los agitadores. En muchas imágenes se puede observar que los colegios se situaban en las azoteas de viviendas sociales y los helicópteros policiales descendían en ellos. Algunos edificios se tomaron como refugio y centro de operaciones de los insurgentes: el Banco de China (propiedad estatal de la RPC), la Federación de Sindicatos (“Trade Unions”) y la casa Kiu Kwan. Miles de bombas caseras se esparcieron por la ciudad al menos hasta el mes de octubre. En diciembre, el presidente de la RPC, Zhou Enlai, ordenó que cesase la táctica de las bombas y desde aquel momento se considera que se puso fin a los altercados. 45 personas más murieron; 15 por causa de las bombas, incluidos dos hermanos de 8 y 4 años. La mayoría de muertes las causaron los disparos de la policía, pero también fueron asesinados un locutor de radio y tres trabajadores por oponerse a los manifestantes. Otras 340 personas fueron heridas por las bombas. Hubo unas 5000 detenciones y en unos 2000 casos acabaron en sentencias condenatorias, unas veces por posesión de armas o atentados, otras simplemente por reunirse “de forma ilegal”.

Estos largos meses de enfrentamientos mostraron, quizá por última vez, la fuerza de las organizaciones sindicales comunistas en HK. Un año antes, entre el 6 y el 10 de abril de 1966, había ocurrido otro estallido de manifestaciones a raíz de la subida de precios del Star Ferry que comunicaba Kowloon y la isla central de HK. Tras una huelga de hambre individual en protesta contra aquella impopular medida y el encarcelamiento del huelguista, comenzaron las manifestaciones, los incendios de autobuses y de comisarías, los choques con la policía, la represión con gases lacrimógenos y los toques de queda. 258 manifestantes fueron condenados y las subidas de tarifas se aplicaron sin reservas. En esa ocasión, la corrupción de la policía y las difíciles condiciones de vida de la población obrera, se añadían al agravio directo que suponía el incremento del coste del transporte público. En cierta medida, ese precedente ayudó a la emergencia de la insurrección en 1967, aunque no fueran organizaciones pro-Pekín las protagonistas. Los comunistas sí se habían destacado en los disturbios de diez años antes, en 1956, cuando se enfrentaron a grupos nacionalistas chinos, con un saldo final de 59 muertes. Después de un largo lapso de invisibilidad, algunos herederos de aquellas experiencias ahora ocupan un sillón en las instituciones de HK, como un destacado miembro de la Federación Sindical y del LegCo, o quienes celebraron este año la acampada pro-Beijing, o el partido Democratic Alliance for the Betterment and Progress of Hong Kong (DAB).

De estas concisas notas se pueden deducir varias reflexiones. Primero, la tensión con China es permanente. HK ha sido refugio de disidentes con los sucesivos regímenes políticos en China a la vez que ha atraído grandes masas de fuerza de trabajo del continente, probablemente con escasa adhesión al gobierno que dejaban atrás. Sin embargo, un régimen colonial tampoco es plato de buen gusto. Los derechos están cercenados por todas partes, los privilegios de las castas dominantes no conocen fin y el resentimiento histórico por el origen militar de la usurpación deja un legado imborrable en la memoria. Este contexto es propicio para que germinen iniciativas decolonizadoras de todo tipo: unas, simplemente, buscan un recambio de las élites de la metrópoli por las de origen chino (el ideal sería, por ejemplo, Taiwán); otras, se concentran en demandar reformas radicales del régimen que mejoren las condiciones de vida de las mayorías en la pobreza y la precariedad (en cuestiones laborales o de vivienda, por ejemplo); y luego están las que persiguen la desaparición de la colonia y su integración en la China comunista una vez que ha triunfado la revolución allí o en su modalidad actual más híbrida y compleja. Todas encuentran resistencias importantes y todas se han prodigado mediante combinaciones anómalas de alianzas. Independientemente de cómo juzguemos sus motivaciones y logros inmediatos, las luchas de 1966 y 1967 tuvieron como principal consecuencia a corto plazo una reorientación de algunas políticas públicas, ampliando el Estado de Bienestar, promoviendo vivienda pública, regulando las condiciones laborales y creando una mayor apertura del régimen a las demandas populares, aunque fuese a través de comités consultivos y de propaganda institucional eliminando la palabra “colonia”. 1967 también influyó en la configuración de los modelos dominantes de protesta que han persistido hasta el presente, incluso como extremo o amenaza que se intenta evitar habitualmente por todas sus connotaciones (violencia, comunismo, decolonización, etc.). En los próximos capítulos y según vaya atando más cabos, veremos en qué medida esas claves han continuado activas en las relaciones locales de poder.